LOS APARECIDOS
Fragmento
"... Valdés recordó vivamente su infancia, los tiempos en que el mundo era, al menos para él, un campo de batalla entre la Oscuridad y la Luz, entre el Mal y el Bien. Sus noches eran largas, insomnes. Pobladas de una fantasmagoría que había mamado de su abuela y de su bisabuela. Esa religiosidad obsesiva, supersticiosa que impregnaba la casa se le había metido bajo la piel. Las estampas, las imágenes de los santos, el altar que la bisabuela tenía en el lavadero, escondido como una vergüenza, en donde siempre ardían las velas frente a los retratos de los finados. Valdés, desde muy chico, había sentido terror ante la mirada de los Idos, extrañamente móviles a la luz vacilante de las velas. Lo miraban desde sus retratos desvaídos como prisioneros esperando la liberación. Gente muerta muchos años atrás, allí, ante él, por el milagro de la emulsión de la imagen sobre el papel. "Ellos están acá, con nosotros, Natán. No los vemos, pero están. Y ellos sí nos ven. Saben lo que pensamos, conocen si estamos en gracias de Dios. Ellos nunca se van." Le había dicho una vez la bisabuela cuando él tenía siete años. Fue por entonces que comenzó el insomnio: saberse mirado, rodeado por las ánimas de los parientes muertos era una idea obsesionante. La bisabuela decía que eran almas buenas. Pero ¿y si se volvían malas? ¿si querían llevárselo con ellos? ¿Y si alguna vez impedían que se despertara? De hecho, pocos años después, la bisabuela murió. Y ya nadie volvió a mantener las velas del altarcito de los finados encendidas. ¿No estarían furiosos por eso?...".
Mario Paulela. "Los aparecidos" (2008).
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